Con el pulgar encallecido apretaba el borde engomado del sobre, cuando entró Fortunato con dos platos de sopa hecha a base de harina y charqui. Comieron en silencio. La perra, sentada sobre sus cuartos traseros, observaba con ojos ávidos sus movimientos. —¿Quiere más lagua, papá?- se levantó al cabo de un rato. —No hijo, gracias...





